sábado, 8 de noviembre de 2008
Cisne negro, cisne blanco II
Veinticinco años antes.
Margarita Valbuena coge las puntas, enrolla las cintas con cuidado y las guarda en una bolsa de paño que se cierra con cordoncillo. Después coge sus zapatillas casi hechas girones –ahora están a punto para bailar-, el maillot y las mayas y mete todo con cuidado en su bolsa de deportes. Antes de salir del vestuario se mira al espejo, duda un instante si quitarse el moño y dejar la melena al aire. Finalmente su pelo queda recogido, así se ve mejor esa sonrisa que dibujan los labios, que llega casi hasta los dos pómulos tan pronunciados. Sus ojos algo rasgados, abiertos a la vida, brillan. Su frente despejada rezuma juventud. Marga va corriendo por la calle, más bien saltando, hacia la cola del autobús queriéndose comer el mundo. Apenas puede contenerse y en la parada pone los pies en quinta posición mientras tararea el vals de las flores. Cierra los ojos y se recuerda a sí misma en la prueba. Pero, por mucho que imagine ella, no puede verse bien, pues sólo siente sus complejos: ese grand-écart insuficientemente abierto, el estreno de sus puntas: demasiado duras y rebeldes para las piruetas, el remiendo de las mallas en la rodilla. Marga es simplemente feliz. Hoy es su día: ha sido seleccionada para “El lago de los cisnes”; en una segunda prueba se decidirá el papel. Ella sueña con la muerte del cisne que vio un día interpretar a la diva Maia Plisetskaya: mientras aleteaba y se contorsionaba, moría de verdad. Inmejorable. Marga no piensa llegar a tanto, no cree que le den un papel solista, ni mucho menos, ya se conforma ella con poder salir a escena en el “Paso a cuatro”. En ese retazo se siente dominadora, con su técnica depurada, tan graciosa y natural en el juego de cabezas… aunque el resultado depende también de las otras tres: tienen que moverse al unísono, en una perfecta sincronización, ni un grado de más hacia la izquierda, o hacia la derecha, ni hacia delante o hacia atrás: el giro, acompasado y suave, muy suave, rítmico, marcando las notas. Marga no comprende cómo algunos bailarines (bueno, más bien aficionados, piensa) dicen que les encanta interpretar la música si bailan igual con ella que sin ella. Marga la siente debajo de su piel y sabe cuándo hay que marcar una pausa, cómo enfatizar el movimiento, parecer más blanda o más cortante, arrastrar el cuerpo detrás de sus pies, y también viceversa. La música le habla: le dicta melancolía o alegría, unas veces delicadeza; otras, crispación: su cuerpo es el vehículo para expresar toda una gama de sensaciones cercana al infinito.
El autobús llega y Marga deshace su quinta. En la parada, un chico se había quedado mirando con extrañeza el nudo de sus pies. Entre el mundo del ballet, se reconocen sólo con verse: por la forma de estar de pie, por la de sentarse, por la de hablar, por la de moverse. Los vocacionales lo hacen sin sentir, por deformación profesional. Otros exageran los rasgos estirando exageradamente el cuello o andando como quien camina de puntillas –cuando no caminan realmente de puntillas-, pero ese tipo de tics acaban delatándolos: sólo son cursis, aprendices, mediocres. Los que viven el baile de verdad, desde dentro, no necesitan gestos externos; a veces se les escapan pero ellos hacen esfuerzos por ser considerados como personas normales. En clase de Marga, en el Instituto, sus compañeros no comprenden que ella prefiera pasarse todo un fin de semana ensayando la prueba, ni que duerma durante la noche del sábado para estar en forma, sin ceder a la tentación de las cervezas. No es que a Marga no le guste lo que a todos los jóvenes, es que su pasión la puede: el baile es su vida, no hay nada en el mundo con lo que se sienta tan llena, tan feliz, como cuando está encima de sus zapatillas volando, soñando, girando…
Lleva trece años asistiendo a clases, desde los cinco. Por los pelos: un año más y hubiera sido ya casi tarde. Tres horas semanales los primeros años, después una hora diaria; más tarde, tres horas diarias. Muchos fines de semana en cursos intensivos o ensayos generales. Casi todos los veranos un mes en algún cursillo de especialidad: “castañuelas”, “escuela bolera”, “brazos”, casi siempre becada, pero a veces tras un esfuerzo económico de sus padres.
Con tan sólo cuatro añitos, a Marga se la permitió apuntarse a la actividad extraescolar de Danza, aunque su madre hubiera preferido Inglés. Al finalizar el curso académico, la Madame recomendó que llevaran a la niña a la prestigiosa Escuela de Ballet de su ciudad, que tenía fama en toda Europa. Sin duda, apuntaba dotes especiales. En la prueba de acceso sin embargo, el Maestro les echó un jarro de agua fría:
- Tiene los pies demasiado planos y constitución algo redonda…
- … Aunque no cabe duda de que es sensible y lista; podrá dominar sus puntos débiles si se la enseña bien. – añadió.
Con lo cual, decidió admitirla.
Su madre se asombró de que para ser bailarina hubiera que ser lista, pero así lo escuchó varias veces a lo largo de los años.
La niña pasó su infancia ejercitando sus empeines, mientras leía, mientras atendía las clases del colegio, mientras veía la tele.
Hoy Marga, mientras coge el autobús, piensa que ha merecido la pena. A veces se ha sentido abrumada. En Ballet todo tiene que ser perfecto, todo tiene que estar en su sitio. Recuerda las lágrimas cuando sus primeros pasos sobre las puntas, la tozudez del Maestro con las niñas para que no se corten el pelo, la preocupación por ese mechón rebelde que no se sujeta y cae sobre la frente, la expulsión de una clase por llevar un tomate en las mayas, los cuchicheos de las compañeras por los dos kilos más en octubre, el bochorno por llevar una talla de más en el maillot. Revive la lucha contra el sueño y el cansancio, el tesón para conseguir limpia la pirueta doble que se rebela, las agujetas cuando se insiste demasiado y sin control.
Marga llega a casa a dar la buena nueva a su madre. Abrazos y gritos de alegría.
- Llegarás a ser una figura – anunció su padre.
Marga sin embargo sonríe porque sabe que figura, sólo una entre diez mil, pero su padre es feliz creyendo que tiene una Maia en casa.
Margarita Valbuena coge las puntas, enrolla las cintas con cuidado y las guarda en una bolsa de paño que se cierra con cordoncillo. Después coge sus zapatillas casi hechas girones –ahora están a punto para bailar-, el maillot y las mayas y mete todo con cuidado en su bolsa de deportes. Antes de salir del vestuario se mira al espejo, duda un instante si quitarse el moño y dejar la melena al aire. Finalmente su pelo queda recogido, así se ve mejor esa sonrisa que dibujan los labios, que llega casi hasta los dos pómulos tan pronunciados. Sus ojos algo rasgados, abiertos a la vida, brillan. Su frente despejada rezuma juventud. Marga va corriendo por la calle, más bien saltando, hacia la cola del autobús queriéndose comer el mundo. Apenas puede contenerse y en la parada pone los pies en quinta posición mientras tararea el vals de las flores. Cierra los ojos y se recuerda a sí misma en la prueba. Pero, por mucho que imagine ella, no puede verse bien, pues sólo siente sus complejos: ese grand-écart insuficientemente abierto, el estreno de sus puntas: demasiado duras y rebeldes para las piruetas, el remiendo de las mallas en la rodilla. Marga es simplemente feliz. Hoy es su día: ha sido seleccionada para “El lago de los cisnes”; en una segunda prueba se decidirá el papel. Ella sueña con la muerte del cisne que vio un día interpretar a la diva Maia Plisetskaya: mientras aleteaba y se contorsionaba, moría de verdad. Inmejorable. Marga no piensa llegar a tanto, no cree que le den un papel solista, ni mucho menos, ya se conforma ella con poder salir a escena en el “Paso a cuatro”. En ese retazo se siente dominadora, con su técnica depurada, tan graciosa y natural en el juego de cabezas… aunque el resultado depende también de las otras tres: tienen que moverse al unísono, en una perfecta sincronización, ni un grado de más hacia la izquierda, o hacia la derecha, ni hacia delante o hacia atrás: el giro, acompasado y suave, muy suave, rítmico, marcando las notas. Marga no comprende cómo algunos bailarines (bueno, más bien aficionados, piensa) dicen que les encanta interpretar la música si bailan igual con ella que sin ella. Marga la siente debajo de su piel y sabe cuándo hay que marcar una pausa, cómo enfatizar el movimiento, parecer más blanda o más cortante, arrastrar el cuerpo detrás de sus pies, y también viceversa. La música le habla: le dicta melancolía o alegría, unas veces delicadeza; otras, crispación: su cuerpo es el vehículo para expresar toda una gama de sensaciones cercana al infinito.
El autobús llega y Marga deshace su quinta. En la parada, un chico se había quedado mirando con extrañeza el nudo de sus pies. Entre el mundo del ballet, se reconocen sólo con verse: por la forma de estar de pie, por la de sentarse, por la de hablar, por la de moverse. Los vocacionales lo hacen sin sentir, por deformación profesional. Otros exageran los rasgos estirando exageradamente el cuello o andando como quien camina de puntillas –cuando no caminan realmente de puntillas-, pero ese tipo de tics acaban delatándolos: sólo son cursis, aprendices, mediocres. Los que viven el baile de verdad, desde dentro, no necesitan gestos externos; a veces se les escapan pero ellos hacen esfuerzos por ser considerados como personas normales. En clase de Marga, en el Instituto, sus compañeros no comprenden que ella prefiera pasarse todo un fin de semana ensayando la prueba, ni que duerma durante la noche del sábado para estar en forma, sin ceder a la tentación de las cervezas. No es que a Marga no le guste lo que a todos los jóvenes, es que su pasión la puede: el baile es su vida, no hay nada en el mundo con lo que se sienta tan llena, tan feliz, como cuando está encima de sus zapatillas volando, soñando, girando…
Lleva trece años asistiendo a clases, desde los cinco. Por los pelos: un año más y hubiera sido ya casi tarde. Tres horas semanales los primeros años, después una hora diaria; más tarde, tres horas diarias. Muchos fines de semana en cursos intensivos o ensayos generales. Casi todos los veranos un mes en algún cursillo de especialidad: “castañuelas”, “escuela bolera”, “brazos”, casi siempre becada, pero a veces tras un esfuerzo económico de sus padres.
Con tan sólo cuatro añitos, a Marga se la permitió apuntarse a la actividad extraescolar de Danza, aunque su madre hubiera preferido Inglés. Al finalizar el curso académico, la Madame recomendó que llevaran a la niña a la prestigiosa Escuela de Ballet de su ciudad, que tenía fama en toda Europa. Sin duda, apuntaba dotes especiales. En la prueba de acceso sin embargo, el Maestro les echó un jarro de agua fría:
- Tiene los pies demasiado planos y constitución algo redonda…
- … Aunque no cabe duda de que es sensible y lista; podrá dominar sus puntos débiles si se la enseña bien. – añadió.
Con lo cual, decidió admitirla.
Su madre se asombró de que para ser bailarina hubiera que ser lista, pero así lo escuchó varias veces a lo largo de los años.
La niña pasó su infancia ejercitando sus empeines, mientras leía, mientras atendía las clases del colegio, mientras veía la tele.
Hoy Marga, mientras coge el autobús, piensa que ha merecido la pena. A veces se ha sentido abrumada. En Ballet todo tiene que ser perfecto, todo tiene que estar en su sitio. Recuerda las lágrimas cuando sus primeros pasos sobre las puntas, la tozudez del Maestro con las niñas para que no se corten el pelo, la preocupación por ese mechón rebelde que no se sujeta y cae sobre la frente, la expulsión de una clase por llevar un tomate en las mayas, los cuchicheos de las compañeras por los dos kilos más en octubre, el bochorno por llevar una talla de más en el maillot. Revive la lucha contra el sueño y el cansancio, el tesón para conseguir limpia la pirueta doble que se rebela, las agujetas cuando se insiste demasiado y sin control.
Marga llega a casa a dar la buena nueva a su madre. Abrazos y gritos de alegría.
- Llegarás a ser una figura – anunció su padre.
Marga sin embargo sonríe porque sabe que figura, sólo una entre diez mil, pero su padre es feliz creyendo que tiene una Maia en casa.
Cisne negro, cisne blanco III
Marga-Odile ahora recuerda sus primeros pinitos y se pregunta qué tipo de vida hubiera llevado de no haberse apuntado a los cuatro años a clase de Baile en su colegio. Qué hubiera sucedido si el Maestro, a quien le debe casi todo lo que es hoy, no la hubiera admitido en su Escuela por no tener los pies cavos, a qué dedicaría su energía y vigor, cuáles serían sus objetivos y sus ilusiones, qué haría si no supiera hacer piruetas, si no pudiera llenar sus horas con el movimiento de sus piernas al ritmo del tres por cuatro, si sus zapatillas no la transportaran hacia el cielo, si no volara, si no girara, si no sintiera danzar dentro de ella misma a los clásicos, si no conociera a Mozart, ni hubiera oído jamás las sonatas de Bach, si no se empapara cada noche con el recuerdo del piano repiqueteando debajo de sus ropas, dentro de su cuerpo, bajo de su piel.
El cisne blanco cae lentamente al suelo. El público se levanta de los asientos e interrumpe la función con sus aplausos.
…………………………………………………………………………………………….
En Playa de Barra (Portugal), primavera de 2008.
Este relato-reportaje se lo dedico a una serie de personas: todas influyeron en mi amor por el Baile. Especialmente a Cuca, que pronto será madre, porque me hizo volver a emocionarme cuando ya era tarde para mí.
A Trinidad Vives, que me habló de Karen Taft.
A Karen Taft que valerosa, instaló en pleno franquismo una de las primeras escuelas de Ballet en Madrid. Y a su hija María, que continuó con la labor de su madre.
A Mari de Larios con quien, literalmente, di mis primeros pasos.
A África Morris, excelente profesional, que sufrió la rígida exigencia a los bailarines para formar parte de un Ballet Clásico.
A Víctor Ullate, por tantas tardes y veladas de ensueño.
A Tamara Rojo y Trinidad Sevillano, que protagonizan el sueño de muchas miles.
A Ana Lemes, que me enseñó también teoría e historia, y me alentó mucho a pesar de ser yo ya “muy mayor”.
A Sara Lezana y su equipo, que me abrieron la puerta de la Escuela Bolera.
Y a mi madre, que me animó a entrar en el mundo de la Danza a mis siete años.
El cisne blanco cae lentamente al suelo. El público se levanta de los asientos e interrumpe la función con sus aplausos.
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En Playa de Barra (Portugal), primavera de 2008.
Este relato-reportaje se lo dedico a una serie de personas: todas influyeron en mi amor por el Baile. Especialmente a Cuca, que pronto será madre, porque me hizo volver a emocionarme cuando ya era tarde para mí.
A Trinidad Vives, que me habló de Karen Taft.
A Karen Taft que valerosa, instaló en pleno franquismo una de las primeras escuelas de Ballet en Madrid. Y a su hija María, que continuó con la labor de su madre.
A Mari de Larios con quien, literalmente, di mis primeros pasos.
A África Morris, excelente profesional, que sufrió la rígida exigencia a los bailarines para formar parte de un Ballet Clásico.
A Víctor Ullate, por tantas tardes y veladas de ensueño.
A Tamara Rojo y Trinidad Sevillano, que protagonizan el sueño de muchas miles.
A Ana Lemes, que me enseñó también teoría e historia, y me alentó mucho a pesar de ser yo ya “muy mayor”.
A Sara Lezana y su equipo, que me abrieron la puerta de la Escuela Bolera.
Y a mi madre, que me animó a entrar en el mundo de la Danza a mis siete años.
jueves, 9 de octubre de 2008
ANA DUNCAN, yo misma.
Aún no me ha preguntado nadie el porqué este pseudónimo. Y antes de que mis lectores acudan en masa y tropel a hacerlo, lo voy a explicar:
Ana, por Anna Pavlova.
Duncan, por Isadora Duncan.
Por la fusión entre ambas, cuyo encuentro yo había olvidado o ignoraba, pero hoy, re-leyendo la biografía de la Duncan, me encuentro con este párrafo:
"...Con motivo de su primer viaje a San Petersburgo, en 1905, la ya entonces famosa Isadora fue invitada por la no menos célebre bailarina rusa Anna Pavlova a visitar su estudio. Allí tuvo el privilegio de contemplar a la gran diva realizando sus ejercicios. La propia Isadora lo relata en sus memorias: "Encontré a Pavlova de pie con su vestido de tul practicando en la barra, sometiéndose a la gimnasia más rigurosa, mientras que un viejo caballero con un violín marcaba el tiempo y la exhortaba a realizar mayores esfuerzos; era el legendario maestro Petipa. Me senté y durante tres horas observé tensa y perpleja los sorprendentes ejercicios de Pavlova, que parecía ser de acero elástico. Su hermoso rostro adoptó las líneas severas del mártir. No paró ni un solo instante. Todo su entrenamiento parecía estar destinado a separar por completo la mente de los movimientos gimnásticos del cuerpo. La mente debía alejarse de esa rigurosa disciplina muscular. Esto era justamente todo lo contrario de las teorías sobre las que yo había fundado mi escuela un año antes. Lo que yo pretendía es que mente y espíritu fuesen los motores del cuerpo y lo elevasen sin esfuerzo aparente hacia la luz..."
La danza marcó mi infancia y mi juventud. Mi alejamiento de ella en la adolescencia, justo cuando más se necesita, marcó también, quizá, mi destino. O no. Nunca se sabe "que hubiera pasado si..." Por tanto, no caeré en la tentación de reprocharme, una vez más, haber ido por el camino que fui, pues nadie me obligó a hacerlo. Simplemente, ¿quién sabe lo que quiere a los diecisiete, a los veinte años? Cuando uno empieza ya a conocer sus prioridades, es tarde para elegir.
En todo caso, la Danza está ahí para nuestro deleite, como lo están la Literatura (más al alcance de todos los públicos y en todas partes, creo yo) y otras artes y artesanías, para que uno tenga asideros en sus momentos de más tétrica soledad y también en los de regocijo compartido. Aunque, no sé porqué, prefiero la contemplación de la belleza en solitario. O tal vez es que me he acostumbrado.
Otras páginas sobre la interesantísima vida de la Duncan:
miércoles, 1 de octubre de 2008
Edward Steichen. FOTÓGRAFO...
Nunca había escuchado su nombre, pero al ver sus fotografías las reconocí. Este luxemburgués, afincado en EE.UU. donde triunfó, fue un gran polifacético: botánico, piloto de guerra y fotógrafo de moda. Isadora Duncan, Charlot, Greta Garbo y otros tantos personajes famosos se muestran en esta exposición donde además, se pasan dos películas documentales: una sobre su trabajo de taller -Steichen dirigiendo a una bailarina para retratarla- y otra sobre la exposición "THE FAMILY OF MAN". La exposición se ubica en la parte nueva del Museo Reina Sofía de Madrid.
Steichen también dirigió el MOMA de Nueva York en una fase de su variopinta vida laboral, y fue ahí donde organizó la exposición de fotografía que llevó este título: "La familia del hombre" o "La familia de la Humanidad", mejor interpretaría yo. Al parecer, esta exposición dio la vuelta al mundo, está registrada en la UNESCO y tiene el record de ser la más visitada de la Historia.
Aunque ya lo he expresado en alguna otra ocasión, insisto, esto de los records a los que son tan aficionados los ciudadanos norteamericanos me deja fría; ¿es que en todas las exposiciones contabilizan el número de visitantes?, por poner un ejemplo de las dudas que me asaltan cuando escucho estos rankings (no encuentro palabreja en castellano).
El caso es que para mayor información sobre este artista, que sin duda lo fue, el medio lector que tengo de este blog (que no es otro casi que yo misma dentro de unos años cuando lea este nombre y no me acuerde de nada ya) puede acudir a los enlaces:
martes, 26 de agosto de 2008
Amiguis artistis (2) MA ALONSO
M.A. es una mujer sensible y sensual... Tiene una serenidad que envidio y un sentido del humor que a veces compartimos.
Hace sus pinitos con el lápiz y escribe así:
EL MAR
Envuelve el mar
la desnudez de sus tobillos
y ligero asciende
a la orquídea de sus piernas.
Pétalos de sal disfrutan su cintura,
y en el cofre abierto de su pecho
desgrano mis ojos
como incendio.
Estalla un clavel sobre su boca
y en la mía danzan caracolas.
Envuelve el mar
la desnudez de sus tobillos
y ligero asciende
a la orquídea de sus piernas.
Pétalos de sal disfrutan su cintura,
y en el cofre abierto de su pecho
desgrano mis ojos
como incendio.
Estalla un clavel sobre su boca
y en la mía danzan caracolas.
(Poema y dibujo de María Alonso.)
lunes, 18 de agosto de 2008
Amiguis artistis (1) LF COMENDADOR
NOS VEMOS EN EL CIELO.
Es el título de la segunda y última novela, por ahora, de Luis Felipe Comendador, poeta y artista bejarano; él mismo me ha prestado su ejemplar porque está agotado (se publicó en 1999).
Empezaré con un elogio a la carcajada: me lo he pasado muy bien. No creo que reír y disfrutar tenga nada que ver con la frivolidad. Me he reído un montón, sí, como ya me pasó con “El tipo de las cuatro”, su otra novela. Sexo, amistad, amor y muerte, temas de siempre cargados de ironía.
El humor de Luis Felipe nace de la naturalidad, de lo cotidiano. Se atreve a contar lo que otros también hacemos o pensamos, pero no lo decimos por pudor. De la ausencia de ridículo nacen las carcajadas. Y también de la humanización de lo divino. Dios es un hombre en este libro, un hombre gamberro y guasón, y el cielo un lugar donde no existen los prejuicios. El tratamiento que Luis Felipe da a lo sagrado será irreverente para muchos; yo pertenezco al club de los que aplauden la guasa hasta en lo sagrado, cuando está bien trabada, como aquí.
Gran parte de su mérito –el del autor- está en que escribe como se habla. Pero lo que a mí más me admira es que lo hace técnicamente bien, no le pillo una falta gramatical o de sintaxis, ni palabras repetidas. Nada chirría, nada sobra ni falta; el lector navega por la historia dulcemente. O tal vez sea porque ni me fijo, tal es el embaucamiento que me produce.
“Nos vemos en el cielo” tiene muchos puntos en común con “El tipo de las cuatro”: las dos saben a autobiografía, ambas nos cuentan dos historias paralelas: la del personaje escrito y la del escritor, haciendo unas carambolas entre uno y otro que al final cierran el círculo con una destreza nada fácil de conseguir, intuyo.
Luis Felipe dice que escribe de un tirón, que no relee, que no corrige: yo no me lo creo.
El “estilo libre” (*), está perfectamente conseguido pues el lector sabe hacer las pausas necesarias para no perder el hilo ni el aliento. También utilizó esta técnica en su otra novela. Repito: es que LF sabe escribir exactamente como se habla, con lo cual los personajes nos resultan muy familiares. Tal vez se pase un puntito de gamberro, llega a descarnado, brutal, me recuerda algo a Bukowsky, como me lo recuerda en lo autobiográfico. Pero un brindis por aquellos que cuentan lo que hay en su vida y alrededores sin aburrir ni un poquito.
Se me ocurre sin embargo que, tal vez, estas novelas no resistan el paso del tiempo justamente por su mayor mérito: por lo excesivamente coloquial temporal del lenguaje: así se habla aquí y ahora, en un determinado escalón socio-cultural. Ojalá me equivoque y, por el contrario, sus novelas pasen a la historia de la Literatura como pasaron otras, en calidad de “costumbristas”, representantes de una época. Aunque presiento que a LF le da lo mismo.
Que estas palabras contribuyan a animar a LF a seguir con su tercera novela, que ya tiene comenzada. Promesas de más risas; yo desde luego, me apunto.
(*) “Estilo libre”. Frases que se concatenan sin puntos ni comas. Desconozco su nombre técnico, rigurosamente literario. Lo descubrí en “Matando dinosaurios con un tirachinas”, novela ganadora del Premio Nadal 1996. Se agradecerán comentarios al respecto.
Empezaré con un elogio a la carcajada: me lo he pasado muy bien. No creo que reír y disfrutar tenga nada que ver con la frivolidad. Me he reído un montón, sí, como ya me pasó con “El tipo de las cuatro”, su otra novela. Sexo, amistad, amor y muerte, temas de siempre cargados de ironía.
El humor de Luis Felipe nace de la naturalidad, de lo cotidiano. Se atreve a contar lo que otros también hacemos o pensamos, pero no lo decimos por pudor. De la ausencia de ridículo nacen las carcajadas. Y también de la humanización de lo divino. Dios es un hombre en este libro, un hombre gamberro y guasón, y el cielo un lugar donde no existen los prejuicios. El tratamiento que Luis Felipe da a lo sagrado será irreverente para muchos; yo pertenezco al club de los que aplauden la guasa hasta en lo sagrado, cuando está bien trabada, como aquí.
Gran parte de su mérito –el del autor- está en que escribe como se habla. Pero lo que a mí más me admira es que lo hace técnicamente bien, no le pillo una falta gramatical o de sintaxis, ni palabras repetidas. Nada chirría, nada sobra ni falta; el lector navega por la historia dulcemente. O tal vez sea porque ni me fijo, tal es el embaucamiento que me produce.
“Nos vemos en el cielo” tiene muchos puntos en común con “El tipo de las cuatro”: las dos saben a autobiografía, ambas nos cuentan dos historias paralelas: la del personaje escrito y la del escritor, haciendo unas carambolas entre uno y otro que al final cierran el círculo con una destreza nada fácil de conseguir, intuyo.
Luis Felipe dice que escribe de un tirón, que no relee, que no corrige: yo no me lo creo.
El “estilo libre” (*), está perfectamente conseguido pues el lector sabe hacer las pausas necesarias para no perder el hilo ni el aliento. También utilizó esta técnica en su otra novela. Repito: es que LF sabe escribir exactamente como se habla, con lo cual los personajes nos resultan muy familiares. Tal vez se pase un puntito de gamberro, llega a descarnado, brutal, me recuerda algo a Bukowsky, como me lo recuerda en lo autobiográfico. Pero un brindis por aquellos que cuentan lo que hay en su vida y alrededores sin aburrir ni un poquito.
Se me ocurre sin embargo que, tal vez, estas novelas no resistan el paso del tiempo justamente por su mayor mérito: por lo excesivamente coloquial temporal del lenguaje: así se habla aquí y ahora, en un determinado escalón socio-cultural. Ojalá me equivoque y, por el contrario, sus novelas pasen a la historia de la Literatura como pasaron otras, en calidad de “costumbristas”, representantes de una época. Aunque presiento que a LF le da lo mismo.
Que estas palabras contribuyan a animar a LF a seguir con su tercera novela, que ya tiene comenzada. Promesas de más risas; yo desde luego, me apunto.
(*) “Estilo libre”. Frases que se concatenan sin puntos ni comas. Desconozco su nombre técnico, rigurosamente literario. Lo descubrí en “Matando dinosaurios con un tirachinas”, novela ganadora del Premio Nadal 1996. Se agradecerán comentarios al respecto.
martes, 10 de junio de 2008
LA MANCHA DE UNA MORA. Relato corto.

Había escuchado que últimamente hombres y mujeres contactan a través de Internet. Abrió su ordenador y tecleó: “búsqueda de pareja”. La pantalla le ofreció un sinfín de lugares donde navegar. Picó aquí y allá y finalmente se decidió por uno cuyo nombre le resultaba más familiar. Allí tuvo que rellenar una ficha exhaustiva con sus datos y dudó un momento si aportar también una foto, pero decidió que no, pues alguien podría reconocerle. No es que sintiera ninguna vergüenza, no, pero no tenía ganas de dar explicaciones en caso de que alguna persona conocida chocara con él por allí.
Así contactó con varias mujeres. Tímidamente al principio. Al cabo de tres años se movía ya con gran desenvoltura. Tuvo muchas aventuras de un día y surgió alguna amistad interesante pero efímera. Encontró un poco de todo: gente que no estaba en sus cabales, mujeres desesperadas con unas ansias terribles de recuperar un tiempo perdido; personas que prometían pero que desparecían por arte de magia, hembras que se vendían a sí mismas con verdadero arte y luego se comprobaba que mentían. Conoció a muchas, muchas mujeres, pero no lograba dar con alguien que realmente le llenara. Él era sereno por naturaleza y no tenía prisa, sabía que todo en la vida es cuestión de tesón, de modo que no desistía.
Un día recibió un escueto mensaje que decía:
- ¿Amigo de tus amigas?
Miró la ficha de la remitente y le picó la curiosidad, parecía una mujer con personalidad, nada corriente. Contestó. Ella le envió otro mensaje algo más largo al día siguiente. Comenzaron a cartearse vía electrónica. No se pidieron la foto, ¿para qué? Estaba bien así, conocerse sólo a través del alma. Y fue a través del alma como se enamoraron.
Por fin llegó el gran día en que se verían las caras. Habían quedado en un café. Ella llevaría una chaqueta roja que con su cabello rubio y corto la haría perfectamente reconocible. Él tendría bien visible, en la mano, un ejemplar del más popular diario local. ¡Qué nervios! Por fin iba a comenzar una vida nueva con su hembra ideal para siempre.
Cuando se acercó a la mujer de rojo, ella ya le había reconocido. Él se había puesto su mejor sonrisa antes de descubrir, horrorizado, que se trataba de quien había sido su esposa durante veinticuatro años.
domingo, 8 de junio de 2008
EL CARTERO, Charles Bukowski.
Al final, suele suceder (no siempre) que acabo leyendo el libro en Español. Una es humana, mortal y vaga.
Así me ha sucedido con “Post Office” de Charles Bukowski. Ya en el título se ve la primera falsedad: el título del libro no es “El cartero” sino “Oficina de correos”, pero debe ser que en nuestro idioma resulta más comercial así.
Tenía ganas de leer a Bukowski en su propia lengua porque lo que había leído suyo hasta ahora tiene el atractivo de la frescura y naturalidad del lenguaje, de las expresiones. Escribe como se habla.
El cartero, sin duda muy autobiográfico, es un ser bastante deplorable, casi odioso: vago, alcohólico, machista, muy bruto, aunque en el fondo -por eso no llegamos a odiarlo del todo- un sentimental.
Su prosa se lee casi sin sentir. El agudísimo sentido del humor de todo lo que relata nos lleva a la sonrisa, pese al fondo trágico que subyace en la crónica del día a día.
Bukowski debió ser profundamente desgraciado, como tantos otros grandes artistas. Pero tuvo el valor
-también la suerte-, de convertir su dolor en literatura.
Toda una lección de resistencia y esperanza.
lunes, 12 de mayo de 2008
La dama de blanco, de WILKIE COLLINS.

Cayó en mis manos por pura casualidad: ejemplar editado cuya venta, por un precio simbólico, es inseparable de algún diario. Tanta casualidad como que no suelo comprar prensa, pero así sucedió no recuerdo cuándo ni dónde. Y andaba olvidado en la estantería hasta que me dio por ahí. Pensé: “imposible que yo me trague estos tomazos de más de trescientas páginas cada uno” y lo empecé con total escepticismo, ni siquiera había oído hablar del autor, Wilkie Collins, mi única referencia era que Jorge Luis Borges había dicho que era una buena novela, bien poco.
Pero he aquí que me atrapó, sí señor. Y es que como escribí ayer hablando de la película, donde hay oficio… ¡se ve beneficio! (no sé si me lo acabo de inventar o es algún “lugar común” parasitado en el disco duro de mi memoria). Está bien escrito y bien traducido, increíblemente atado y todo “bien atado”. Nada sobra y nada falta para el objetivo de la narración. Descripciones minuciosas de paisajes, me llamó la atención la desolación de un pueblo que se está haciendo, curioso, hacia la mitad del volumen II. Un sinfín de personajes bien retratados, consistentes, en un variado rango: principales (las hermanas, el dibujante, el Conde Fosco), segundo plano (el marido, la esposa, el tío e incluso la “dama de blanco” que da título a la novela), y hasta un tercer nivel de importancia de personas que aparecen en momentos puntuales y a veces, reaparecen.
No me avergüenza decir que me ha entretenido, y mucho. Me ha intrigado y me ha emocionado en ocasiones, no muchas, pues bien el tratamiento sobre conceptos como honor, pecado y hasta amor, no han resistido el paso del tiempo. Pero no importa, tiene el valor testimonial de la sociedad del hace dos siglos.
He leído después, que esta novela junto con la otra del mismo autor, “La piedra lunar” que no me pienso perder, son las primeras obras policíacas, género que tan bien han sabido explotar los ingleses.
En fin, que encantada de conocerte, Wilkie, nos volveremos a ver. No creas que es fácil embaucarme con novelones, no, tienes mucho mérito.
NOTA POSTERIOR del 18 de octubre. En septiembre de 2008, leí "La piedra lunar" su otra novela. Conseguí acabarla pese a sus casi seiscientas páginas en letra pequeña (gracias a las vacaciones) pero me resultó algo pesada y también algo ingénua: los "malos" nos caen mal y sentimos simpatía por "los buenos". Se me derrumbó un poco el autor, pero estuvo bien: lo descubrí y lo enterré en un periodo muy corto. Fue una sana aportación.
Pero he aquí que me atrapó, sí señor. Y es que como escribí ayer hablando de la película, donde hay oficio… ¡se ve beneficio! (no sé si me lo acabo de inventar o es algún “lugar común” parasitado en el disco duro de mi memoria). Está bien escrito y bien traducido, increíblemente atado y todo “bien atado”. Nada sobra y nada falta para el objetivo de la narración. Descripciones minuciosas de paisajes, me llamó la atención la desolación de un pueblo que se está haciendo, curioso, hacia la mitad del volumen II. Un sinfín de personajes bien retratados, consistentes, en un variado rango: principales (las hermanas, el dibujante, el Conde Fosco), segundo plano (el marido, la esposa, el tío e incluso la “dama de blanco” que da título a la novela), y hasta un tercer nivel de importancia de personas que aparecen en momentos puntuales y a veces, reaparecen.
No me avergüenza decir que me ha entretenido, y mucho. Me ha intrigado y me ha emocionado en ocasiones, no muchas, pues bien el tratamiento sobre conceptos como honor, pecado y hasta amor, no han resistido el paso del tiempo. Pero no importa, tiene el valor testimonial de la sociedad del hace dos siglos.
He leído después, que esta novela junto con la otra del mismo autor, “La piedra lunar” que no me pienso perder, son las primeras obras policíacas, género que tan bien han sabido explotar los ingleses.
En fin, que encantada de conocerte, Wilkie, nos volveremos a ver. No creas que es fácil embaucarme con novelones, no, tienes mucho mérito.
domingo, 11 de mayo de 2008
ELEGY. Donde hay oficio.

Podría haber caído en lo tópico y sensiblero, pero no sé qué tiene, tiene un no sé qué, que atrapa. Plantea reflexiones interesantes sobre el enamoramiento, el amor, la juventud, la madurez, la amistad, la enfermedad y la muerte. Retrata a un tipo mujeriego que se resiste al compromiso (una especie muy común entre el género masculino), que no comprende lo que le pasa cuando, ya en su casi "tercera" edad, al fin, queda atrapado en las redes de una mujer muy joven.
Podría haber sido un folletín, una novela de sobremesa, pero esta bella historia es para disfrutar de sus imágenes, para reflexionar sobre lo efímero y lo permanente, sobre las personas auténticas y las triviales, sobre la vulnerabilidad del ser humano.
Podría haber sido un bodrio, pero es una hermosa película, muy bien hecha, con una bonita fotografía y una buena música, con dos actores que han sabido moverse con gran profesionalidad bajo la batuta de su directora, Isabel Coixet, que una vez más no nos decepciona.
Podría haber sido un bodrio, pero es una hermosa película, muy bien hecha, con una bonita fotografía y una buena música, con dos actores que han sabido moverse con gran profesionalidad bajo la batuta de su directora, Isabel Coixet, que una vez más no nos decepciona.
lunes, 5 de mayo de 2008
domingo, 4 de mayo de 2008
Jerusalem
Israel, pueblo maldito, pueblo elegido.

Que alegría cuando me dijeron:
“Vamos a la casa del Señor”.
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales Jerusalem.
Jerusalem está fundada
como ciudad bien compacta
allá suben las tribus
las tribus de Israel.
“Vamos a la casa del Señor”.
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales Jerusalem.
Jerusalem está fundada
como ciudad bien compacta
allá suben las tribus
las tribus de Israel.
Es un salmo, imagino que del Antiguo Testamento. A mí me lo enseñó, siendo apenas una adolescente, la Madre García, una monja seria e iracunda a quien todas aborrecíamos. Sería allá por 1968, aunque apenas nos llegó el eco del mayo en París. Era una época ñoña y rancia en la que ni siquiera se podía decir abiertamente que estas monjas eran jesuitas ni mucho menos que España era una dictadura.
- Francia, república democrática. Inglaterra, monarquía parlamentaria. Holanda, monarquía constitucional. Alemania…
- ¿Y España qué es, Señorita? – interrumpimos con tanta curiosidad como inocencia.
La profesora de Geografía enmudeció y no supo qué contestar, o quiso callar.
- Francia, república democrática. Inglaterra, monarquía parlamentaria. Holanda, monarquía constitucional. Alemania…
- ¿Y España qué es, Señorita? – interrumpimos con tanta curiosidad como inocencia.
La profesora de Geografía enmudeció y no supo qué contestar, o quiso callar.
miércoles, 23 de abril de 2008
PEDRALBES



El día 13 de abril estuvimos en Barcelona con la Anna y el Joan.
En Catalán, como en Portugués, anteponer el artículo al nombre es muy corriente, gramaticalmente correcto y no suena mal. Como en Castellano (¿o Español?) no se habla de esta forma, nos resulta chocante al principio.
Aquí van las fotos de Pedralbes, un monasterio cedido a la municipalidad, bellísimo.
Aquí van las fotos de Pedralbes, un monasterio cedido a la municipalidad, bellísimo.
domingo, 20 de abril de 2008
"Quién de nosotros", de MARIO BENEDETTI.

"Quién de nosotros", de MARIO BENEDETTI.
Novela corta (o relato largo), historia de un triángulo.
Quiero empezar por reconocer que tengo este triple pensamiento maníaco:
- Cuando veo-leo-escucho algo que me considero capaz de hacer, pienso "esto es muy fácil, luego no es bueno".
- Si algo que veo-leo me parece inimitable por mucho tiempo que yo le dedicara, pienso: "esto es genial".
- Si no entiendo lo que leo-veo-escucho, pienso: "esto es muy snob, no tiene ni pies ni cabeza".
Además de la escasa objetividad que existe en juzgar al Arte según este personalísimo baremo, supone, reconozco, un acto de supremo egocentrismo que dice poco a mi favor. Pero es así y reconocerlo en este blog ha supuesto para mí un alivio inmenso.
¿Y a cuento de qué viene ésto?: este pequeño libro de Benedetti me ha hecho sentir las tres cosas. En su primera parte ("Miguel"), dice cosas tan sugerentes como:
[... Hubo un tiempo en que me creí inteligente... pero llegó el momento... y me encontré con una incapacidad total para efectuar un balance, para inciar una contablidad...
... Hubo un tiempo, asímismo, en que me creí capaz de sufrir y disfrutar una de esas pasiones sobrecogedoras que justifican una existencia... Sólo mucho tiempo después me daba cuenta de que nada había existido, de que la pretendida pasión me desbordaba a priori...
... De modo que, perdida la esperanza de creerme inteligente o apasionado, me queda la menos presuntuosa de saberme sincero.]
...
[... Quería creer que la muerte se abría ante mí como la única puerta en un recinto axfisiante. No estar, así se resumía la esperanza.]
La segunda parte ("Alicia") de tan tan breve me sugiere que el autor no sabía ponerse a hablar en boca de una mujer (?), que se encontraba perdido. Flojo.
La tercera ("Lucas") me ha costado, redios. No entiendo el juego entre lo que es y lo que se imagina, se confunden y funden los personajes "reales" y los literarios.
En resumen: en "Miguel", Benedetti está a la altura casi de sus poemas de amor "... y también viceversa" (los políticos se me hacen áridos) y de "El niño Julius". En "Alicia" le veo alcanzable, mediocre, y en "Lucas" pedante. Pero admito que, como otras tantas veces, tal vez es que aún no he alcanzado el grado de madurez literaria necesario para saborearlo.
martes, 1 de abril de 2008
North-american Moralina.
Nada que ver con esta otra película que vi hace unos días. El escenario también era Afganistán, pero de mentira, porque cual no sería mi chasco cuando los créditos finales: leo "rodada en Beiging, Shangai..." ¿¿¿CHINA!!!
La historia no merece la pena ser contada porque está cargada de tópicos. Basada en un best-seller, trata de un afgano nacido en la época pre-talibán, emigrado a los E.E.U.U. El tópico que más llama la atención es la cruzada contra la sodomía que abandera la película. Pero hay más: el "perdón del pecado" del marido hacia la mujer que se fugó con otro (antes de conocerle a él) y la homosexualidad del jefe talibán. Saquemos moralejas (si queremos, claro, somos libres, faltaría más).
Se saca poco partido a las cometas, que podrían haber sido el detalle bucólico y colorista del filme.
Buda, Mahoma y tierras desconocidas.

La de hoy está dirigida por una casi niña (18 añitos) iraní, hija de director de cine, a quien vi en una entrevista junto con un trailer de la película.
Afganistán. Es la segunda que veo con este paisaje de fondo, mucho más estético, la otra fue hace pocos años, la más desoladora que he visto en mi vida ("Las tortugas también vuelan", horror y angustia, historias de niños que desminan campos para sobrevivir).
Esta no es tan terrible, es sólo triste. Paisajes áridos, secas estepas, montañas muy altas y muy peladas. Polvo, miseria, niños con las manos agrietadas como si llevaran treinta años lavando ropa con lejía. Niños que quieren ir a la escuela, niños que juegan a la guerra, niñas que necesitan escuchar historias divertidas, niñas que miran con profundos ojos oscuros.
¿Y porqué estas películas? Muy sencilla respuesta: porque así, poco a poco, vamos asomándonos a ese otro mundo que tememos, que ignoramos. Lo tememos porque lo desconocemos, lo ignoramos porque nos da miedo. No hay mayor miedo que lo desconocido.
(Recuerdo muy vagamente una serie de mi infancia en T.V. que se llamaba "Rumbo a lo desconocido", qué canguelo nos entraba, grabada para siempre se me quedó la imagen de una calavera andante con melena rubia, qué cosas.)
http://estrenos.blogdelabutaca.net/2008/03/01/buda-exploto-por-verguenza/#comments
http://www.labutaca.net/films/57/budaassharmforurikht.php
sábado, 29 de marzo de 2008
Perra vida III

- Hasta siempre, Vladimir – debí decir al ruso, que tan amablemente me había tratado.
Me contó que había llegado hasta aquí detrás de una mujer que le sorbió los sesos y su escaso capital. Una vez arruinado y en plena estepa castellana, lo que más añoraba no era su profesión de otorrino, ni el olor a puerto del pueblo que le vio nacer; tampoco el regazo tan acogedor de aquella hembra. Lo que más echaba de menos Vladimir era Cuco, su perro. Por eso, mi presencia le alegró la vida… hasta que el dueño de la gasolinera dijo “basta”.
Me contó que había llegado hasta aquí detrás de una mujer que le sorbió los sesos y su escaso capital. Una vez arruinado y en plena estepa castellana, lo que más añoraba no era su profesión de otorrino, ni el olor a puerto del pueblo que le vio nacer; tampoco el regazo tan acogedor de aquella hembra. Lo que más echaba de menos Vladimir era Cuco, su perro. Por eso, mi presencia le alegró la vida… hasta que el dueño de la gasolinera dijo “basta”.
Debí despedirme, pero no lo hice. Tan sólo moví el rabito frente a él.
miércoles, 26 de marzo de 2008
Perra Vida II

Micro-relatos Cadena Ser.
Otoño 2007
- Ese viene a por ti – dijo el muchacho apoyado en el surtidor.
Ya me estaba acostumbrando al fuerte olor y al desfile de coches entrando y saliendo. No se estaba mal, me dejaban corretear a mis anchas, pero echaba de menos calor de hogar.
Desde que ella había salido disparada de la gasolinera sin dejar rastro, confiaba poco en el género humano. De modo que al escuchar estas palabras, estiré las orejas dejando rígido y quieto el rabo.
Efectivamente, aquel hombre acudía en respuesta a nuestra oferta en Tele-Anuncio: “Regalo precioso dálmata, cariñoso y juguetón, a quien pueda cuidarlo”.
martes, 25 de marzo de 2008
Perra vida I
Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Después vinieron más. Muchos más. Demasiados.
La casa se llenó de gorjeos y ya nada volvió a ser como antes.
Lo peor llegó con el verano. Un día, ella cogió el equipaje y al bebé y salimos rumbo al pueblo. Paramos en la gasolinera, como otros años, pero esta vez sí me dejaron saltar del coche. Cuando quise darme cuenta, por más que ladré y ladré y corrí y corrí, nada: ni rastro de ellos.
Me recogió Paco y ahora vivo con él. Me siento a salvo. Deduzco, por su olor, que nunca tendrá un bebé.
Concurso micro-relatos Cadena Ser, octubre 2007
La casa se llenó de gorjeos y ya nada volvió a ser como antes.
Lo peor llegó con el verano. Un día, ella cogió el equipaje y al bebé y salimos rumbo al pueblo. Paramos en la gasolinera, como otros años, pero esta vez sí me dejaron saltar del coche. Cuando quise darme cuenta, por más que ladré y ladré y corrí y corrí, nada: ni rastro de ellos.
Me recogió Paco y ahora vivo con él. Me siento a salvo. Deduzco, por su olor, que nunca tendrá un bebé.
Concurso micro-relatos Cadena Ser, octubre 2007
viernes, 14 de marzo de 2008
RELATO: Unidad habitacional.
Omar se despereza estirando sus brazos sin recordar, medio dormido como está, que al hacerlo choca con la pared por un lado y con el sofá por otro. Son las cuatro de la madrugada y fuera, en el patio, no se oye un silbido. A la salida del sol y al ocaso, ese reducto al aire libre se llena de voces de distintos géneros, edades y lenguas invadiendo la intimidad de todos los vecinos. Pero ahora Omar, pionero de la madrugada, atraviesa el silencio sorteando los cuerpos de Alí y Mohamed que yacen tranquilos. La sala, tan ancha como largos sus cuerpos, no da lugar a pasillo alguno una vez se desdobla el sofá-cama. Llega Omar hasta el cuarto de baño y retira la ropa tendida, aún mojada, que cuelga de las cuerdas; antes bastaba con las del patio, pero desde que Hassan se trajo a Leila con su bebé, las cosas han cambiado mucho, la lavadora se pone a diario y siempre hay ropa tendida en la bañera, por todos los recodos, encima del radiador…
Se da una ducha fresca para espabilarse; bueno, y porque así lo han convenido desde que han instalado contadores individuales y cada piso paga su calefacción y el agua caliente que consume. Con sigilo y malabarismos en ese espacio de dos por dos, Omar consigue vestir su cuerpo de dos por uno para salir y llegar puntual al Mercado de Abastos. Allí le espera una fila de esperanzados, como él, en ser hoy uno de los afortunados para descargar naranjas a tres euros la docena de cajas.
El siguiente es Alí, que después de dos años vagabundeando, ha tenido la suerte de encontrar al paisano que accedió a realquilarle esa media cama donde dormir. Son las seis de la mañana y no necesita despertador pues la tos asmática de Si-Yan, el vecino pared con pared, anuncia con china precisión la madrugada. Mira la ventana y observa las primeras luces del patio. A ver si algún domingo hace fuerzas y arregla la cinta rota de la persiana. También está lo de la gotera, que repiquetea cada vez que llueve. Alí es lo que se dice un manitas y está a punto de conseguir un empleo con contrato en un taller mecánico, lo que le permitirá conseguir papeles y tal vez, otro piso similar a ése para dejar a Leila y Mohamed que vivan en familia, sin intrusos. El aviso urgente de su riñón, le hace precipitarse hacia el aseo y se encuentra la ropita del bebé, aún húmeda, sobre la taza del váter. Huele a colonia de lavanda, el frasco de litro con el que Leila se empeña en que se rocíen cada mañana. La toalla tampoco está seca, así que deja la ducha para la noche. Se moja la cara, eso sí, y en estricto cumplimiento de las normas coránicas, se lava los pies en el bidet, lo que requiere cierta agilidad gimnástica. Después mira el reloj, son las seis y media, aún tiene tiempo de tomarse un té, así que mete una jarra con agua en el micro-ondas. Para enchufarlo, antes ha tenido que despejar el mostrador que separa la cocina de la salita, bajar al suelo la cesta que Leila ha dejado con biberones, botes y baberos. Pero ya está enseñado a que cada uno después deja las cosas como se las ha encontrado, ¡qué remedio! Si no, imposible.
Hassan se despierta al oír la puerta por la que Alí ha salido. Se tapa la cara con la almohada ahogando el gemido que se le escapa. Se percibe un leve jadeo y el llanto hambriento del bebé a través de la puerta corredera que independiza el dormitorio. Por el patio entra una jerga que ya conoce Hassan, son la familia de la tienda de "todo a un euro" de la esquina, que viven ahí mismo. De un salto se levanta y llega casi hasta el aseo, con tan sólo un paso más, puede descargar su vejiga. Tropieza con la ropita, que vuelve a colgar pacientemente en las cuerdas de la bañera. Después arranca la manta que comparte con Alí, y dobla el sofá que queda así convertido en un asiento corrido donde apenas caben tres. Las almohadas hacen las veces de cojines. Alivia poder pasar hasta la ventana sin arrastrarse como una lagartija. Sacude la manta por el patio, como le ha enseñado Leila. También recoge la colchoneta del suelo en la que Omar ha dormido, la enrolla, la ata con un cordón y la deja de pie, a modo de pedestal del cenicero. Luego, mientras se prepara el té, hace planes para el día. No tiene nada que enviar a los suyos, estos días se han dado mal, probará otra vez en Cruz Roja y la Oficina de Atención al Emigrante, pero es difícil entenderse sin saber la lengua del país. Son casi las siete, así que se prepara para ver por la tele el programa de la dos de Español para extranjeros.
Mientras, Leila se debate entre la demanda de su bebé y el ardor de su esposo. Por fin, cuando Mohamed le deja libre para poder dar de mamar, mira a ambos simultáneamente con ternura. Se debe sentir una privilegiada: maternidad recién estrenada junto a su esposo. Antes fue peor; pasó seis meses sin noticias. Cuando Mohamed se lanzó en balsa hacia Gibraltar, ella dudaba de que lograra sus sueños, pero ahora están ahí, juntos, esperanzados. Ya sólo falta que esos tres logren independizarse de ellos; pero ella lo comprende y les ayuda, sabe que es así, por unos meses, tal vez unos años. El dormitorio es hermoso, comparado con el habitáculo que compartía con sus otras dos hermanas allá en Essaouira. Tienen una cama con somier y colchón nuevos. En la pared cabecera, Mohamed ha colocado varios posters del Real Madrid. Hay dos mesitas de noche, una a cada lado. Ahora ella ha retirado la suya y la ha puesto junto a la pared, para poder arrimar la cuna junto a ella. La habitación tiene también un armario empotrado, todo un lujo, pues puede meter dentro toda la ropa de vestir y de hogar y no en cajas, como su vecina Li-Tai. Con una ventana, sería el dormitorio perfecto.
Cuando ya su marido se ha marchado a la empresa de mensajería son más de las ocho, hoy le acompaña Hassan para no perderse en los recovecos de Metro. Mohamed no volverá hasta las diez de la noche. Leila le imagina en su camioneta repartiendo sobres y paquetes, ella se sienta y pela patatas o trocea verdura. Trabaja sobre esa mesa que lo mismo vale para éso que para planchar, para escribir una carta a sus hermanas o para, en las tardes de los domingos, apoyar el televisor y que los hombres vean el partido. Pronto podrán comprar dos sillas, para que cuando coinciden todos a comer, puedan sentarse juntos y a la vez. Pero tendrán que ser plegables, no hay sitio para más.
En los pocos ratos que el pequeño José Mohamed duerme y no hay que preparar comida, tender o planchar ropa, Leila se asoma a la única ventana, junto al sofá. Si hace bueno, la abre, aunque para ello tiene que retirar la colchoneta de Omar. Ella mira y sueña con ver el mar y los colores de Africa, pero sólo ve los desconchones del muro del patio, que dejan al desnudo los ladrillos. Alza la vista desde el alféizar en dirección a la Meca desde ese cuarto piso, el cielo anuncia un día despejado. Abajo: pantalones y camisetas secándose al sol que apenas llega, antenas y cuerdas, alguna maceta con geranios.
El bebé duerme tranquilo, son las nueve. Llegan voces desde el rellano de las escaleras. Leila reconoce la de Li-Tai, aunque no está segura. Son muchos de familia, entran y salen constantemente, todos son delgados, de rostro terso y se parecen mucho entre sí. A Leila le resultan muy corteses y sonrientes. Algún día se pondrán de acuerdo para revocar los muros del patio y pintar las paredes de las escaleras. Hasta, tal vez, para instalar un ascensor.
Como aún quedan muchas horas por delante, Leila coge folios y bolígrafo y se dispone a escribir. Le contará a sus hermanas que sí, que Europa no es el Paraíso, pero que ella es afortunada porque su marido tiene un trabajo, se aman y han conseguido, por fin, permiso de residencia en Europa. Tienen casa propia, aunque hipotecada. ¿Qué más pueden desear?
Se da una ducha fresca para espabilarse; bueno, y porque así lo han convenido desde que han instalado contadores individuales y cada piso paga su calefacción y el agua caliente que consume. Con sigilo y malabarismos en ese espacio de dos por dos, Omar consigue vestir su cuerpo de dos por uno para salir y llegar puntual al Mercado de Abastos. Allí le espera una fila de esperanzados, como él, en ser hoy uno de los afortunados para descargar naranjas a tres euros la docena de cajas.
El siguiente es Alí, que después de dos años vagabundeando, ha tenido la suerte de encontrar al paisano que accedió a realquilarle esa media cama donde dormir. Son las seis de la mañana y no necesita despertador pues la tos asmática de Si-Yan, el vecino pared con pared, anuncia con china precisión la madrugada. Mira la ventana y observa las primeras luces del patio. A ver si algún domingo hace fuerzas y arregla la cinta rota de la persiana. También está lo de la gotera, que repiquetea cada vez que llueve. Alí es lo que se dice un manitas y está a punto de conseguir un empleo con contrato en un taller mecánico, lo que le permitirá conseguir papeles y tal vez, otro piso similar a ése para dejar a Leila y Mohamed que vivan en familia, sin intrusos. El aviso urgente de su riñón, le hace precipitarse hacia el aseo y se encuentra la ropita del bebé, aún húmeda, sobre la taza del váter. Huele a colonia de lavanda, el frasco de litro con el que Leila se empeña en que se rocíen cada mañana. La toalla tampoco está seca, así que deja la ducha para la noche. Se moja la cara, eso sí, y en estricto cumplimiento de las normas coránicas, se lava los pies en el bidet, lo que requiere cierta agilidad gimnástica. Después mira el reloj, son las seis y media, aún tiene tiempo de tomarse un té, así que mete una jarra con agua en el micro-ondas. Para enchufarlo, antes ha tenido que despejar el mostrador que separa la cocina de la salita, bajar al suelo la cesta que Leila ha dejado con biberones, botes y baberos. Pero ya está enseñado a que cada uno después deja las cosas como se las ha encontrado, ¡qué remedio! Si no, imposible.
Hassan se despierta al oír la puerta por la que Alí ha salido. Se tapa la cara con la almohada ahogando el gemido que se le escapa. Se percibe un leve jadeo y el llanto hambriento del bebé a través de la puerta corredera que independiza el dormitorio. Por el patio entra una jerga que ya conoce Hassan, son la familia de la tienda de "todo a un euro" de la esquina, que viven ahí mismo. De un salto se levanta y llega casi hasta el aseo, con tan sólo un paso más, puede descargar su vejiga. Tropieza con la ropita, que vuelve a colgar pacientemente en las cuerdas de la bañera. Después arranca la manta que comparte con Alí, y dobla el sofá que queda así convertido en un asiento corrido donde apenas caben tres. Las almohadas hacen las veces de cojines. Alivia poder pasar hasta la ventana sin arrastrarse como una lagartija. Sacude la manta por el patio, como le ha enseñado Leila. También recoge la colchoneta del suelo en la que Omar ha dormido, la enrolla, la ata con un cordón y la deja de pie, a modo de pedestal del cenicero. Luego, mientras se prepara el té, hace planes para el día. No tiene nada que enviar a los suyos, estos días se han dado mal, probará otra vez en Cruz Roja y la Oficina de Atención al Emigrante, pero es difícil entenderse sin saber la lengua del país. Son casi las siete, así que se prepara para ver por la tele el programa de la dos de Español para extranjeros.
Mientras, Leila se debate entre la demanda de su bebé y el ardor de su esposo. Por fin, cuando Mohamed le deja libre para poder dar de mamar, mira a ambos simultáneamente con ternura. Se debe sentir una privilegiada: maternidad recién estrenada junto a su esposo. Antes fue peor; pasó seis meses sin noticias. Cuando Mohamed se lanzó en balsa hacia Gibraltar, ella dudaba de que lograra sus sueños, pero ahora están ahí, juntos, esperanzados. Ya sólo falta que esos tres logren independizarse de ellos; pero ella lo comprende y les ayuda, sabe que es así, por unos meses, tal vez unos años. El dormitorio es hermoso, comparado con el habitáculo que compartía con sus otras dos hermanas allá en Essaouira. Tienen una cama con somier y colchón nuevos. En la pared cabecera, Mohamed ha colocado varios posters del Real Madrid. Hay dos mesitas de noche, una a cada lado. Ahora ella ha retirado la suya y la ha puesto junto a la pared, para poder arrimar la cuna junto a ella. La habitación tiene también un armario empotrado, todo un lujo, pues puede meter dentro toda la ropa de vestir y de hogar y no en cajas, como su vecina Li-Tai. Con una ventana, sería el dormitorio perfecto.
Cuando ya su marido se ha marchado a la empresa de mensajería son más de las ocho, hoy le acompaña Hassan para no perderse en los recovecos de Metro. Mohamed no volverá hasta las diez de la noche. Leila le imagina en su camioneta repartiendo sobres y paquetes, ella se sienta y pela patatas o trocea verdura. Trabaja sobre esa mesa que lo mismo vale para éso que para planchar, para escribir una carta a sus hermanas o para, en las tardes de los domingos, apoyar el televisor y que los hombres vean el partido. Pronto podrán comprar dos sillas, para que cuando coinciden todos a comer, puedan sentarse juntos y a la vez. Pero tendrán que ser plegables, no hay sitio para más.
En los pocos ratos que el pequeño José Mohamed duerme y no hay que preparar comida, tender o planchar ropa, Leila se asoma a la única ventana, junto al sofá. Si hace bueno, la abre, aunque para ello tiene que retirar la colchoneta de Omar. Ella mira y sueña con ver el mar y los colores de Africa, pero sólo ve los desconchones del muro del patio, que dejan al desnudo los ladrillos. Alza la vista desde el alféizar en dirección a la Meca desde ese cuarto piso, el cielo anuncia un día despejado. Abajo: pantalones y camisetas secándose al sol que apenas llega, antenas y cuerdas, alguna maceta con geranios.
El bebé duerme tranquilo, son las nueve. Llegan voces desde el rellano de las escaleras. Leila reconoce la de Li-Tai, aunque no está segura. Son muchos de familia, entran y salen constantemente, todos son delgados, de rostro terso y se parecen mucho entre sí. A Leila le resultan muy corteses y sonrientes. Algún día se pondrán de acuerdo para revocar los muros del patio y pintar las paredes de las escaleras. Hasta, tal vez, para instalar un ascensor.
Como aún quedan muchas horas por delante, Leila coge folios y bolígrafo y se dispone a escribir. Le contará a sus hermanas que sí, que Europa no es el Paraíso, pero que ella es afortunada porque su marido tiene un trabajo, se aman y han conseguido, por fin, permiso de residencia en Europa. Tienen casa propia, aunque hipotecada. ¿Qué más pueden desear?
Marzo de 2006. Inspirado en las declaraciones de la Ministra Trujillo.
Taller de Letra Hispánica, director: J.J. Domínguez.
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Unidad habitacional
domingo, 9 de marzo de 2008
Familia feliz
Son maduros pero se conservan joviales. Están en buena forma física y mental, aunque las canas ya son visibles y el abdomen ha ganado curvatura. Son aceptablemente guapos, razonablemente sanos, aparentemente felices.
Trabajan en una multinacional (él) o en la Administración (ella), en un puesto ya consolidado, de considerable prestigio aunque algo aburrido.
Tienen dos hijos, varón y hembra, estupendos chicos que nunca les han dado problemas dignos de consideración.
Este año harán sus bodas de plata e invitarán a su familia y a sus amigos que responden, casi todos, a su misma descripción. Lo celebrarán en un restaurante u hotel y será como volver a casarse: tarta y orquesta, sólo que ahora también están los niños, que participan con ilusión en la fiesta de papá y mamá.
No hay en sus vidas ninguna grieta por la que se les haya escapado algo impredecible.
Trabajan en una multinacional (él) o en la Administración (ella), en un puesto ya consolidado, de considerable prestigio aunque algo aburrido.
Tienen dos hijos, varón y hembra, estupendos chicos que nunca les han dado problemas dignos de consideración.
Este año harán sus bodas de plata e invitarán a su familia y a sus amigos que responden, casi todos, a su misma descripción. Lo celebrarán en un restaurante u hotel y será como volver a casarse: tarta y orquesta, sólo que ahora también están los niños, que participan con ilusión en la fiesta de papá y mamá.
No hay en sus vidas ninguna grieta por la que se les haya escapado algo impredecible.
Son sus conversaciones siempre parecidas, educadas, versan sobre generalidades y sobre todo, sobre sus hijos: qué estudian, cuál es el deporte en el que destacan, qué les compraron, dónde fueron de vacaciones...
Son en fin, la pareja ideal que yo no tuve, la prole perfecta que no supe construir. Inspiran algo de sana envidia, también suscitan la duda sobre si todo ese castillo se sustentará sobre arenas movedizas.
Ellos seguramente sienten, cuando me miran, que perdieron su libertad pero… ¡están tan orgullosos de su familia!
Las estadísticas dicen que hay:
- Un tercio de uniones estables.
- Un tercio que deciden romper el vínculo.
- Un tercio que no funcionan pero no se atreven a romper.
Son en fin, la pareja ideal que yo no tuve, la prole perfecta que no supe construir. Inspiran algo de sana envidia, también suscitan la duda sobre si todo ese castillo se sustentará sobre arenas movedizas.
Ellos seguramente sienten, cuando me miran, que perdieron su libertad pero… ¡están tan orgullosos de su familia!
Las estadísticas dicen que hay:
- Un tercio de uniones estables.
- Un tercio que deciden romper el vínculo.
- Un tercio que no funcionan pero no se atreven a romper.
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sábado, 8 de marzo de 2008
El príncipe azul
Escrito en 2002 como réplica a algo que circulaba en Internet sobre
“La mujer ideal”.
A los trece años soñaba con el Príncipe Azul. Tardé algún tiempo en darme cuenta de que los Príncipes Azules se van con las Princesas: niñas guapas, sumisas, dulces...
A los veinte, decidí ser realista. Mi primer amor fue un chico feo, feísimo, pero inteligentísimo, simpatiquísimo, honradísimo... todo -ísimo. Tanto, que era un soberbio y egoísta; pensaba y actuaba como si el mundo girara en torno a él. Pensé entonces que mejor sería buscarme alguien más normal, pero que contara conmigo, que se sintiera mi compañero y mi cómplice; que compartiera, en fin.
Así fue como, ya en mis veintitantos, comencé a salir con un compañero de clase, fundamentalmente amigo. Pero ¡ay!, era tan amigo, que me consideraba su amiga y por tanto, con derecho a ejercitar su masculinidad con todo aquello que llevara faldas, excepto conmigo, pues "me respetaba".
En vista de eso, y una vez descubiertas las mentiras con que tapaba sus aventuras, me di cuenta de que lo que tenía que hacer era buscarme un amante y dejarme de ñoñerías.
Encontré uno, y al principio le divertía hacer de profesor, pero luego aprendí tanto, que me aburría yo y se aburría él. No teníamos de qué hablar.
Entonces apareció el hombre más interesante que he conocido. Era culto y con un gran sentido del humor. Su cabeza estaba llena de cosas. Era realmente complicado entenderle y se enfadaba conmigo por mi torpeza.
Así que ya rozando los treinta, me propuse sentar la cabeza y buscar al candidato idóneo para padre de mis hijos. Debería ser un hombre cariñoso y hogareño, sin grandes complicaciones y con el porvenir resuelto.
Y así fue como me casé con un hombre trabajador y poco juerguista.
Trabajaba tanto, que apenas le veía.
Los niños le colmaban de alegrías los pocos ratos que estaba en casa. No tenía nunca tiempo para mí. Como estaba siempre muy cansado de tanto trabajar, los fines de semana se despanzurraba en el sofá a ver la tele. Nos prohibía que le molestáramos: su descanso era sagrado.
Cuando descubrí que me engañaba con su secretaria (razón por la cual pasaba tantas horas en la oficina), se me puso cara de imbécil.
Primero lloré y lloré, durante días y días. No porque hubiera perdido su cariño; ni siquiera porque mi matrimonio fuera una farsa, sino por los mejores años de mi vida tirados por la borda, dedicada a unos hijos que hoy hacían su vida y a un marido que me la pegaba con otra mientras yo no cesaba de comentar lo mucho que él trabajaba.
Entonces decidí que ya estaba bien. Me separé primero. Me divorcié después.
Hoy trabajo en lo que puedo, me acuesto con quien quiero.
Salgo, entro. Tengo amigos y amigas. No dependo de nadie.
He desistido de comprender y me limito a aceptar.
A un hombre le pido que me trate con ternura y que me haga reír. Y punto.
A los veinte, decidí ser realista. Mi primer amor fue un chico feo, feísimo, pero inteligentísimo, simpatiquísimo, honradísimo... todo -ísimo. Tanto, que era un soberbio y egoísta; pensaba y actuaba como si el mundo girara en torno a él. Pensé entonces que mejor sería buscarme alguien más normal, pero que contara conmigo, que se sintiera mi compañero y mi cómplice; que compartiera, en fin.
Así fue como, ya en mis veintitantos, comencé a salir con un compañero de clase, fundamentalmente amigo. Pero ¡ay!, era tan amigo, que me consideraba su amiga y por tanto, con derecho a ejercitar su masculinidad con todo aquello que llevara faldas, excepto conmigo, pues "me respetaba".
En vista de eso, y una vez descubiertas las mentiras con que tapaba sus aventuras, me di cuenta de que lo que tenía que hacer era buscarme un amante y dejarme de ñoñerías.
Encontré uno, y al principio le divertía hacer de profesor, pero luego aprendí tanto, que me aburría yo y se aburría él. No teníamos de qué hablar.
Entonces apareció el hombre más interesante que he conocido. Era culto y con un gran sentido del humor. Su cabeza estaba llena de cosas. Era realmente complicado entenderle y se enfadaba conmigo por mi torpeza.
Así que ya rozando los treinta, me propuse sentar la cabeza y buscar al candidato idóneo para padre de mis hijos. Debería ser un hombre cariñoso y hogareño, sin grandes complicaciones y con el porvenir resuelto.
Y así fue como me casé con un hombre trabajador y poco juerguista.
Trabajaba tanto, que apenas le veía.
Los niños le colmaban de alegrías los pocos ratos que estaba en casa. No tenía nunca tiempo para mí. Como estaba siempre muy cansado de tanto trabajar, los fines de semana se despanzurraba en el sofá a ver la tele. Nos prohibía que le molestáramos: su descanso era sagrado.
Cuando descubrí que me engañaba con su secretaria (razón por la cual pasaba tantas horas en la oficina), se me puso cara de imbécil.
Primero lloré y lloré, durante días y días. No porque hubiera perdido su cariño; ni siquiera porque mi matrimonio fuera una farsa, sino por los mejores años de mi vida tirados por la borda, dedicada a unos hijos que hoy hacían su vida y a un marido que me la pegaba con otra mientras yo no cesaba de comentar lo mucho que él trabajaba.
Entonces decidí que ya estaba bien. Me separé primero. Me divorcié después.
Hoy trabajo en lo que puedo, me acuesto con quien quiero.
Salgo, entro. Tengo amigos y amigas. No dependo de nadie.
He desistido de comprender y me limito a aceptar.
A un hombre le pido que me trate con ternura y que me haga reír. Y punto.
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